Diario de Vida Adulta
Las vidas que no elegimos
Cuando pienso en las decisiones que dan forma a una vida, me llaman la atención las que ya no aparecen en ella. La ciudad a la que no nos fuimos, la relación que no continuó, el trabajo para el que no llegamos a presentarnos. Apenas ocupan espacio en una biografía, pero pueden regresar con una fuerza extraña: basta una fotografía, una conversación o el nombre de una calle para que volvamos a preguntarnos cómo habría sido quedarnos allí.
Hay algo difícil de admitir en esas preguntas. Parece que, si todavía miramos hacia una posibilidad descartada, estuviéramos desautorizando lo que tenemos. Como si querer nuestra vida nos obligara a considerarla la única que habríamos podido querer. A mí esa exigencia me resulta demasiado estrecha. Creo que podemos estar comprometidas con el presente y sentir curiosidad, incluso tristeza, por una versión de nosotras que no llegó a existir.
El problema aparece cuando comparamos una vida vivida con una vida imaginada. La primera tiene facturas, cansancio, conversaciones que salieron mal y mañanas en las que nada parece encajar. La segunda suele conservar la luz de su mejor momento. No sabemos cómo habría sido aquel trabajo después de dos años ni qué habría ocurrido en aquella ciudad cuando llegara la soledad. Sin embargo, a veces enfrentamos ambas vidas como si dispusiéramos de la misma información sobre las dos.
Quiero tener presente esa desigualdad sin usarla para cerrar la pregunta. Porque también hay elecciones que duelen por razones muy concretas. Algunas se tomaron con miedo, con pocos recursos, con información que llegó demasiado tarde. Otras ni siquiera fueron elecciones completas: había que cuidar a alguien, pagar una deuda, aceptar lo posible. Me cuesta escuchar que todo sucedió como tenía que suceder cuando esa frase borra las condiciones en las que tuvimos que decidir.
Quizá parte de lo que nos pesa venga de juzgar a la persona que fuimos con lo que sabemos ahora. Le pedimos que hubiera visto antes lo que a nosotras nos costó años comprender. Olvidamos qué podía perder, a quién intentaba proteger, cuánto necesitaba que una cosa saliera bien. Mirarla con más justicia no cambia las consecuencias de su decisión. Sí puede cambiar la dureza con la que seguimos hablándole.
También me pregunto qué estamos buscando cuando volvemos a una vida que no elegimos. A veces no es esa relación ni aquella ciudad, sino una sensación que hemos asociado a ellas: libertad, deseo, reconocimiento, un comienzo. Si logramos distinguirlo, la pregunta se desplaza. Ya no consiste solamente en averiguar qué habría pasado, algo que nunca podremos saber, sino en reconocer qué sigue faltándonos y si hay alguna forma de darle lugar hoy.
No todo puede recuperarse. Hay oportunidades que pertenecían a un tiempo preciso y personas con las que ya no es posible retomar una conversación. Prefiero admitirlo a ofrecerme una promesa de empezar de cero. Pero el presente tampoco está enteramente cerrado. Podemos conservar el dolor de una renuncia y, al mismo tiempo, revisar una costumbre, acercarnos a un deseo o dejar de sostener una decisión solo porque llevamos mucho tiempo sosteniéndola.
Me gustaría aprender a mirar esas vidas posibles sin convertirlas en un tribunal. Que fueran una manera de comprenderme, no una colección de pruebas contra mí. Tal vez entonces pudiera volver a esta vida, la que sí tengo entre las manos, con una pregunta menos severa: no si he elegido siempre bien, sino qué quiero hacer con lo que todavía puede cambiar.